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A quien interese

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  Soy una mujer de descubrimientos tardíos. Recién el verano pasado vi y atrapé una luciérnaga. Celebré su brillo verde bajo un cielo rochense estrellado, porque la noche y mis manos sostenían el mismo destello. Tarde descubrí la trompeta melancólica de Chet Baker, y tarde besé la boca de una mujer, deslizando mi lengua con ansias. No encontré nada extraordinario en eso. Tengo treinta y ocho años y un repertorio de hallazgos a destiempo. Cosas como estas y otras tantas me componen como una melodía de risa y locura y miedo. Compito conmigo misma a tomarme el vaso de agua completo, de un tiro. La semana pasada batí el récord. Cuatro segundos, ni más, ni menos. Me cepillo los dientes a puerta cerrada, cosa que nadie vea la espuma que sale de mi boca. Y de ninguna manera permito que otro me enseñe su propia espuma. Hay cierto pudor en eso. Sigo esperando que me regalen una guacharaca, y tocarla con un vallenato de fondo. Todo el tiempo digo palabras que no se me entienden, porque ven...

Mi tormenta

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   Está tronando. Desde mi cama escucho el sonido filoso de la lluvia caer sobre cualquier tejado, sobre el mío. Afuera es una orquesta tocando un réquiem. Una fusión sonora que por momentos pesa. Un obrero que no conozco insiste en golpear, pese al agua que cae con premura. ¿Qué golpea? ¿Golpea con enojo?, ¿con cansancio? ¿Lo hace quizá con convicción? Es un ruido semejante al de mis obsesiones. Tac, tac, tac. Siento miedo y la estridencia del cielo no ayuda. Los relámpagos resplandecen tan tristes que puedo volver a verme treinta años atrás, asomada por los barrotes de una ventana, esperando a que cese la lluvia. Los dientes castañeteando. Mi pequeña yo viendo llover, temiéndole a la tormenta, al chaparrón impasible. Cada destello me alumbraba la cara como recordándome la angustia de estar viva. La frente apoyada en los barrotes fríos sin que alguien dijese: «no le temas. Ya pasará». Pero el cielo se resistía a callar. Yo, en cambio, callo mi desazón por las vidas echadas a ...

La Espera

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  Las llantas del camión le pasaron por encima y el perro chilló con la desesperación de los intestinos y los miembros estallados. Lo vi desde el auto, bajé la ventanilla y fui desacelerando mientras me acercaba a la banquina. El dóberman o pitbull (no sé bien) que lo acompañaba había huido despavorido hacia la hondonada, en la oscuridad de la noche. Se salvó de que yo lo aplastara cuando cruzó de un lado a otro de la carretera. El camión siguió su camino y pasó tan cerca y tan rápido que me revolvió el cabello. El perro quedó ahí, tendido en el pavimento, contrayéndose y aullando. A lo lejos, sobre la ruta, dos luces amarillas avanzaban. En cuestión de segundos pasaría un auto y lo remataría. Prendí las balizas y estacioné. Me até el cabello. Por la ventanilla miré hacia la izquierda, pocos metros más adelante, y lo vi apenas levantando la cabeza, queriendo lamerse la panza, ¿o las patas? Era la una de la mañana y yo ya había pasado el peaje del Playón. La velocidad es lo mío. Iba...

¿Cuántos somos Richie?

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        Richard “Richie” Jerimovich es un personajazo en una de las series más bellas de los últimos tiempos: The Bear . Aunque no quiero hablar de la serie como tal, de su argumento. Quisiera hablar de Richie. Porque Richie llegó a mi vida en un momento en el que me cuestiono eso mismo que él, como desencantado de la vida, se preguntó en el primer capítulo de la segunda temporada: ¿Quién soy en esta historia? La escena comienza así: Richie, en el sótano del restaurante en el que se desarrolla toda la historia, The Original Beef of Chicagoland , le pregunta a “Carmy” (el protagonista): «¿Nunca piensas en cuál es tu propósito?». Esa escena me quebró. La he visto cuatro veces, o más. Sentí que Richie se animó a preguntar lo que me da miedo volver a preguntarme. ¿Acaso ustedes no se lo han cuestionado? ¿Acaso no se han mirado al espejo, con rabia, con miedo, con vergüenza de hecho, y se han preguntado para qué carajos viven? Y ya sé que cunde por ahí el discurso que...

La forma de su nombre

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          La abuela no sabe escribir su propio nombre. Ella quiere enseñarle a escribir a su abuela. Le ha enseñado a escribir a sus hijas, a niños ajenos. ¿Por qué no habría de hacerlo con su abuela?     Quiere enseñarle a escribir a su abuela con lápiz para que pueda borrar si se equivoca. Quiere enseñarle con la misma calma con que su madre le enseñó a escribir mi mamá me ama / yo amo a mi mamá . Por supuesto, no le enseñaría a escribir a su abuela exactamente esas oraciones de sujetos inexistentes y verbos impensables. Su abuela está enferma. No queda nadie por aprender a escribir en una familia de analfabetas letrados. En cambio, su abuela no sabe siquiera escribir su nombre, y aun así lo pronuncia tan diáfano cada vez que se lo preguntan, como cantándolo, aunque frunciendo la boca después de decirlo: «Cleotilde».    Hubo un tiempo en que ella soñó que no podía escribir. Ya no sabía cómo escribir las aves. En otro sueño, un ho...

Agua de Hinojo

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  Dales, Señor, lo que hayas de darles Dales vientres estériles y pechos sin leche.              OSEAS 9:14     Quiere darle de mamar a su bebé. Siente cómo arden sus pezones. Sus tetas son cántaros resecos. El estómago, lleno de agua de hinojo. Le ayuda a producir leche si la toma seguido , le había dicho su suegra. En el folleto del curso psicoprofiláctico la imagen de portada prometía una madre sonriente que miraba a su bebé chupar la teta. Siga tomando, no le está saliendo tanta o ese muchachito se atragantaría , la escucha gritar desde el pasillo. Ella le hunde el dedo en la mejilla. El bebé succiona la teta. Una, dos, tres veces y empieza a llorar. Las aureolas le palpitan, pero el bebé succiona y las punzadas de las tetas desembocan en sus pulmones. Esta será la segunda noche y su marido ya duerme acurrucado con la almohada entre las piernas. Ella lo observa desde la silla mecedora, con el bebé en bra...

No es Askari

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  El ex clavadista iraní Taghi Askari hizo un clavado perfecto a sus cien años. Luego de casi seis décadas de receso volvió a saltar desde una plataforma de tres metros, en el Campeonato Mundial de Natación en Qatar 2024. Era Askari rompiendo el agua con una precisión artística; burlando el tiempo, el deterioro. Cuánta emoción ver a Askari desplegando sus alas, zambulléndose en el agua como un viejo pelícano, que no por viejo es inútil. Una cámara acuática capturó el momento en que su cuerpo fláccido y lechoso se cubrió de espuma blanca, y entonces Askari, al fondo de la piscina, fue joven y capaz de todo. Como en 1951. Pero esta columna no va de Askari y su clavado perfecto. No es Askari la norma de los viejos. No es Askari lo que uno se encuentra por las calles de Montevideo. No es Askari lo que camina por el Barrio Cordón, con sus ojos chinitos, apenas arrastrando un carro de feria. Los pantalones meados. No es Askari el que, en la puerta de su casa, recostado en su caminador,...