Agua de Hinojo

 


Dales, Señor, lo que hayas de darles

Dales vientres estériles y pechos sin leche.

            OSEAS 9:14



   Quiere darle de mamar a su bebé. Siente cómo arden sus pezones. Sus tetas son cántaros resecos. El estómago, lleno de agua de hinojo. Le ayuda a producir leche si la toma seguido, le había dicho su suegra. En el folleto del curso psicoprofiláctico la imagen de portada prometía una madre sonriente que miraba a su bebé chupar la teta. Siga tomando, no le está saliendo tanta o ese muchachito se atragantaría, la escucha gritar desde el pasillo. Ella le hunde el dedo en la mejilla. El bebé succiona la teta. Una, dos, tres veces y empieza a llorar. Las aureolas le palpitan, pero el bebé succiona y las punzadas de las tetas desembocan en sus pulmones. Esta será la segunda noche y su marido ya duerme acurrucado con la almohada entre las piernas. Ella lo observa desde la silla mecedora, con el bebé en brazos, y se aprieta las tetas como tanteando su peso. Bebe más agua y viene el cólico tras el gusto a hojas hervidas. Esta noche, antes de irse a casa, su suegra le prepara otra jarra de agua de hinojo. La apoya sobre la mesa de luz. Hay que engordarlo. Tómesela, Andrea, y se despide recordándole que las mamás de verdad dan la teta

   Peor si te estresas, Andrea, supone que le diría su marido, que ahora duerme con la boca abierta y las manos entre los calzoncillos. El aire acondicionado marca dieciséis. Le echaría mano a su suéter de lana, pero no lo alcanza. Afuera hace treinta grados, un aire espeso que cuesta inhalar. Arriba de la almohada el celular se enciende una y otra vez. Se pregunta quién podría escribirle a su marido a la medianoche. Los hijos son una cárcel, Andrea, le dijo su hermana la tarde en que le confirmó su embarazo. Su hermana, que se largó a llorar tocándole la panza. Ella quiere dormir. Lo empujaría con el codo para que no le invada la parte de su cama. Siente cómo desde la espalda a las tetas parece fluir un hilo de leche. Un chorro, quisiera. La sensación es profunda, es lenta, como es lenta la leche haciéndose esperar por el pezón. Gotea. Gotea y se desliza por el vientre de ella. El bebé llora con su boca temblorosa intentando embocar en la teta. Las mejillitas se hunden, pero el bebé llora, llora de otro modo. Chilla, piensa ella. Su abuela decía que las gallinas chillan al ser degolladas. De un saque le retira el pezón, entonces el bebé chilla más fuerte. Lo levanta de su regazo, sus pezones ardiendo, y le acomoda la cabeza sobre su hombro. Cinco palmadas ligeras en la espalda. Le habían dicho que suave, sin golpear, con la mano en forma de cuenco. El bebé eructa un gas corto y chilla. Lo trae contra el pecho, hacia la otra teta, la que se ve más grande. Se sorprende del largo de su pezón. Nota que tiene el mismo tamaño de la falange de un dedo. Antes tenía los pezones chatos, y a la misma velocidad que crecía su panza, ellos se alargaban. Las cosas de mi Dios son perfectas, cree escuchar a su suegra. 

   Dos de la madrugada. Ella se ha dormido en la silla mecedora. Fricciona un pie contra el otro. Casi sobre su falda sostiene al bebé con un brazo, el otro descansa sobre sus piernecitas. Ha dormido a intervalos cortos porque el llanto siempre la despierta. Ahí está el bebé llorando de nuevo. Con los ojos entrecerrados lo empuja contra su teta. Le sopla en la cara y a la vez lo hace con su pezón. El bebé succiona, succiona. Succiona y llora. Ella se levanta, con la espalda encorvada, y lo acuesta en su lado de la cama. Arrastra los pies hasta el baño de la habitación. Orina un chorro que expulsa como el agua que cae de la jarra al vaso. Bua, bua, y se levanta del váter para volver a cargarlo. Ahí voy, cálmate, dice. Los restos de orina le escurren por la entrepierna, los siente bajar por sus muslos, tibios. Recuerda que estaba soñando con el bebé. Lo toma en brazos. En el sueño el bebé tenía la cara de su suegra. Su boca eran las fauces de un cachorro. Se sirve un vaso de agua, dejando fluir las hojas. Las fauces de un cachorro de hiena, recuerda. Cuando las abría, salían chorros pardos de agua de hinojo. Ella arruga la cara al sentir el gusto agrio.  

   El bebé chilla sacudiendo los brazos. Ella dobla su dedo índice y se lo introduce en la boca. El bebé llora con los ojos apretados, ella llora con los ojos abiertos, y este bum bum del corazón a toda prisa. Lo aferra a su pecho, exhalando al levantarse de la silla. Le duele la herida y apoya la mano en su vientre. Tres puntos le dieron. Abre la puerta y siente la tracción de la tierra en su cavidad vaginal. Afuera es un pebetero enorme con aroma oxidado. Un paso a la vez, avanza con el bebé en brazos, cantándole una nana (arrurú mi sol), y sus lágrimas cayendo. A mitad del pasillo, el interruptor de la luz. Se detiene frente al muro cuando todo se ilumina. Son ellos en Santiago de Chile, en Buenos Aires. En esta foto su marido sonríe con los amigos. En esta otra, ella observa su cara redonda, la barriga creciendo y al fondo una librería de la Avenida Corrientes. Mira, cuando estabas en mi panza, dice sollozando. Al final del muro, la foto de su grado, el mismo día en que su marido le insinuó intentarlo por segunda vez. Sus piernas tiemblan. Camina hasta el balcón. Bua, bua. Abajo las luces de los autos iluminan la capital. El bebé se mueve como gusano de seda entre sus brazos. Recostada en el balcón, mira la valla publicitaria de la cerveza salpicada de gotas. Shhh, ¡cállate ya, cállate! 

   Lo acuesta sobre el sillón en el que solía leer en las noches. Abre la heladera, destapa la cerveza y la bebe. Entre sorbos, lo escucha llorar. Sabe que su bebé tiene hambre, ella también. Hay un poco de arroz apelmazado en un táper. Lo devora con la mano y traga los últimos sorbos de
la cerveza. Camina por la sala de estar observando la humedad de la pared del rincón y, sobre los estantes de libros, los trozos de pintura blanca. Se seca los ojos con el dorso de la mano. Va hacia el sillón. Desde arriba lo observa tan pequeño y tan voraz.
Hambriento, le dice. Se golpea las tetas como perforando un acuífero seco. Bebé chillón, dice.

   Levanta al bebé y su cicatriz humedece la bombacha. Empuja la puerta con la punta del pie. Su marido se ha dado vuelta. Aquí lo deja llorando junto a la espalda del padre. Se estremece con cada paso de regreso a la cocina. Bua, bua. En el armario encuentra el set de biberones que su hermana le regaló, su hermana que parió mellizos. El biberón les produce gases a los bebés, recuerda a su suegra. Bah, dice. Esteriliza el biberón más grande. Al sacarlo del agua caliente, se quema los dedos, jadea y los agita en el aire espeso. Ya va, grita. Sobre la mesa de luz, la jarra con rulos de ramas de hinojo flotando en el agua turbia. Se acerca tarareando una nana y la sirve hasta llenar el biberón. Lo toma en brazos y, sentada, apoyándolo en la falda, ruega para que succione el elixir de su abuela. 


ESTE CUENTO FUE SELECCIONADO POR EL XIII CERTAMEN DE CUENTO ITAÚ DIGITAL 2023 PARA HACER PARTE DE LA ANTOLOGÍA NACIONAL URUGUAYA.


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